
Así ha
pasado la primavera y el verano es una gran fiesta al sol, estirándome cada día
hacia él en busca de su calor y destilando la preciada clorofila. Mis hermanas
y yo somos felices escuchando a los humanos loarnos por la sombra que les
brindamos.
El
otoño está siendo algo extraño, una mezcla de frío y calor que ha mudado mi
precioso color verde en rojo vibrante, después en un naranja terco y por último
en marrón terrenal.
Sopla
un fuerte viento que me suelta de mi agarre con el árbol. Ahora estoy volando,
¡Fiuuu! El aire me pasea por encima de prados llenos de ovejas y pueblos con
personas que me ignoran, ahora que no soy tan hermosa.
De
nuevo en el bosque la brisa me deja reposar junto a un pino. Cerca de mí una
araña se afana en construir su tela.
-Buenos
días, señora araña.
-Buenos
días, querida.
-La veo
muy atareada.
-Este
dichoso viento no hace más que romper mi hogar, y así no puedo comer ni dormir.
Tendré que quejarme…
Una
nueva ráfaga de viento me aleja tan deprisa que ni puedo despedirme.
Poco
tiempo después quedo atascada entre dos ramitas de un milenario roble.
-Bueno,
bueno. Parece que tenemos un nuevo inquilino –dice una profunda voz.
-Hola,
señor roble. Espero no estar molestándole.
-No te
preocupes, me encanta la compañía. Aquí todo el mundo es bienvenido. ¿Qué
te ha traído hasta aquí?
-El
viento. Estoy viajando por primera vez en mi vida y es una experiencia muy
emocionante.
-Yo
nunca podré viajar.
-Oh,
que pena.
-No
sufras. Mis raíces me impiden salir volando, y apenas pierdo alguna rama cuando
el viento sopla con violencia. Aquí siempre viene gente nueva buscando cobijo y
compañía, lo cierto es que raramente estoy solo.
-Eso
tiene que ser muy bonito, en casa estaba rodeada de miles como yo y las
conversaciones eran siempre sobre lo mismo.
-Jejeje.
Eso pasa en las mejores familias.
Una
nueva ráfaga de viento me arranca tan inesperadamente de mi nuevo amigo, que
apenas conseguimos gritarnos. ¡Adióóóós!
Esta
vez quedo atrapada en una corriente de aire que gira en un remolino ascendente.
¡Yupiiiii!
Gritan unos pulgones atrapados igual que yo con jovial alegría. Es ciertamente
una experiencia revigorizante y yo no voy a ser menos, así que grito: ¡Banzaaaai!
Y entre
carcajadas nos dejamos llevar por el torbellino.
Aterrizo
en un pequeño lago de aguas calmas, y voy flotando a la deriva cuando una
mariquita se posa sobre mí.
-¿Me
permites acompañarte un rato?
-Por
supuesto, así será más entretenido.
-Soy,
Rita la mariquita. Estoy buscando un lugar para refugiarme, no me gusta nada
este frío, a mí me gusta haraganear al sol.
-Yo, al
otro lado del lago espero encontrar nuevas aventuras.
Y
mientras giramos y nos desplazamos suavemente sobre el agua llegamos a la otra
orilla.
-Que
tengas suerte –le digo a la mariquita.
-Que
vivas grandes aventuras –se despide ella mientras desembarca.
Una
nueva ventolera me lleva a lo más profundo del bosque y un remolino juguetón me
acaba atascando dentro de un tronco caído a medio descomponer.
Atrapada
en la oscuridad me siento sola, por encima de mí pasan atareados ciempiés y
cigarras pero ninguno quiere pararse a hablar conmigo.
Y así
transcurre el tiempo hasta la primera helada. Me he resquebrajado toda y no soy
más que una sombra de lo que fui.
Atrapada
en la oscuridad, tengo miedo, ya nunca saldré de aquí.
Pero de
repente una cálida luz aparece ante mí. Es un ser del bosque, uno de esos de
los que tanto he oído hablar, pero que nunca he visto. Me acaricia el rostro y
ya no siento el frío a mí alrededor.
Me dice que no tema, que he tenido una
vida plena y que es hora de dejar esta existencia, pero que no me preocupe que
en la próxima primavera volveré a nacer y a disfrutar de la vida.
Acunada
en su luz radiante me calmo y me mezo hasta dormirme.